Con el permiso de Ximo Brotons me permito mostrar uno de los artículos que ha publicado ya en la excelente Kiliedro, aunque resulte redundante.

Y es que las buenas ideas hay que repetirlas una y otra vez…

Leo hoy en las páginas de Sociedad de El País, en una noticia dedicada a la situación actual de las investigaciones astrofísicas y cosmológicas mundiales, que Michael Turner, de la Universidad de Chicago, dice: “Sabemos mucho del universo, pero no lo comprendemos tanto”. Esta última parte de la frase de Turner tiene que ver con la vieja pretensión aristotélica de explicar no sólo cómo funciona la naturaleza, sino además por qué en el sentido de para qué funciona como funciona; o incluso de explicar el cómo funciona en virtud de ese por qué o para qué; en suma, con lo que Aristóteles llamaba “causa final”. Esta vieja pretensión fue rechazada en los inicios de la era moderna por Galileo, el primer científico propiamente moderno. Para conocer el funcionamiento de la naturaleza, bastaba con investigar su cómo, sin cuestionarse su causa final. A la vista está que la apuesta de Galileo, de clara raíz atomista (Demócrito, Epicuro, Lucrecio), dio sus frutos. Pero no tardaron mucho en llegar nuevos filósofos que, sin dejar de partir de los nuevos conocimientos y sobre todo de los nuevos métodos, volvieron a plantear, de uno u otro modo, la pregunta de la causa final. Descartes, Leibniz y Kant, entre otros. Kant, siguiendo hasta cierto punto a la física newtoniana (pues recordemos que Newton, en sus propias palabras, “no fingía hipótesis” sino que se declaraba como una especie de notario de la realidad), y que rechazaba que la metafísica pudiera ser el fundamento de la ciencia, tal como habían pretendido cada cual a su modo Descartes y Leibinz (el caso de Spinoza, seguidor de la tradición atomista, pero también metafísico, es distinto, y en el fondo nos remitimos a él en este breve ensayo), postula sin embargo, dentro de las funciones de la metafísica (mayormente ser el fundamento de la moral), una que tiene que ver con la ciencia: y es la de orientarla, dotándola de la idea (solo de la idea, que no es concepto, sino más bien hipótesis) de mundo, sin la cual no es posible siquiera, según Kant, plantearse hacer ciencia. De ese modo, para Kant, no solo sabríamos mucho del universo sino que también lo comprenderíamos (eso sí, en el futuro, como titula El País su sección dedicada a la ciencia).

Pero este último avatar de la vieja pretensión aristotélica quedó definitivamente en ruinas con Nietzsche, cuya obra está dedicada a demolir no ya el fundamento metafísico de la ciencia (cosa que ya había hecho Kant, después de Galileo y Newton), sino la metafísica como tal, esto es, la metafísicas aun kantiana como fundamento de la moral y por tanto como orientación comprehensiva (moralmente, lo que en Kant es decir teológicamente) de la actividad científica. Nietzsche sigue, a su modo, pues, los pasos de Spinoza, cuya metafísica materialista rompe con todos los esquemas de la metafísica tradicional de origen platónico-aristotélico, y ahora kantiana (y hegeliana, podríamos añadir). Tras Nietzsche aparece la mecánica cuántica de un Heisenberg, por ejemplo, y poco después la cosmología relativista de Einstein, aunque este último caso es particular, pues Einstein sigue siendo más aristotélico de lo que muchos piensan, como prueba la misma pretensión del científico mencionado al empezar, Michael Turner, cuando se cuestiona hoy la comprensión del universo. Y es que a pesar de las demoliciones spinoziano-nietzscheanas, o quizás gracias a ellas, durante el siglo XX se ha hecho posible volver a preguntarse no solo el cómo de la naturaleza, sino algo más: no exactamente ya su causa final, ni su orientación estético-moral, pero sí algo que tiene que ver, en efecto, como señala Michael Turner, con su comprensión.

En la siguiente entrega veremos qué tipo de filosofía y por tanto qué concepción de la razón pueden aportar alguna luz respecto a este asunto de la comprensión, evitando asimismo todo finalismo (me atrevo a incluir aquí al darwinista, aplicado tanto a los seres humanos como al planeta tierra, y complementario del viejo afán finalista aplicado al universo). De ese modo trataríamos de edificar una filosofía que no pretendiese ni fundamentar metafísicamente la ciencia ni orientarla estético-moralmente (o teleo-teológicamente), evitando asimismo las pretensiones de la ciencia (no habitualmente explícitas, pero subyacentes) de explicar los porqués mediante los cómos, es decir, de inmiscuirse en asuntos prácticos de orden que le compete determinar pero no decidir (pues son prácticos). Vemos, pues, que aquí vamos a sostener una filosofía capaz, entre otros rasgos, de distinguir entre determinar y decidir, esto es, entre determinaciones no decisivamente prácticas (pues son teóricas) y decisiones prácticamente determinadas. Esto solo es posible, repito, con una nueva concepción de la razón que de momento llamaremos trágica.



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