La humanidad entera es reacia al cambio. El cambio implica transformación, pero no en el sentido estricto de metamorfosis.

Cambio es sustantivo derivado de cambiare, del latín tardío, ‘trocar’, de origen céltico. Parece que es préstamo del galo, que penetró en latín en el sentido comercial de trocar. Como tantas palabras, en su origen hace alusión a un principio básico materialista, que tiene que ver con la supervivencia de la especie. Se nos antoja pues un concepto “necesario”.

De modo que en su prístino origen el cambio se percibió como algo útil e imprescindible. Tan importante que sin trueque nuestros antecesores estarían condenados a las carencias físicas y, por ende, espirituales; a las peores calamidades imaginables, como la miseria, el rechazo social o incluso, en su fatídico extremo, a la muerte.

Así que resultaba muy conveniente asumirlo. Cambiar implicaba transformarse.

Cuando se llega a asumir una transformación se produce el avance. Cualquier avance significa evolución, aprendizaje. Y solo cuando se evoluciona, se prepara el campo abonado para lo que los humanos hemos consentido en llamar, convencionalmente, progreso.

Pero, ¿por qué mostrarse tan esquivos al cambio, si todo cuanto el cambio contiene posee matices de carácter positivo?

Reflexionemos… La maraña de razones es inmensa.

Rechazamos el cambio por: temor (a lo desconocido y lo novedoso, ya que ambos van de la mano); por prejuicios (si lo que poseo ahora es “real” aunque incierto, para qué buscar más allá); por apego (materialista o sentimental, y en el fondo más lo primero que lo último); por pereza (sobran las palabras); por orgullo (¿Cambiar, yo? Si soy perfecto…); por soberbia (¡No me da la gana de cambiar. Que cambien los demás!); por maldad (cuántas dictaduras…); por “voluntad de poder”, y aquí, nuestra verdad, por falsa que la sepamos se impone siempre manipulando, asfixiando, aniquilando la voluntad del otro, los otros: el ajeno (”alienum”).

¿Y podríamos añadir que rechazando el cambio nos alejamos del progreso?

No parece que la respuesta correcta a esta cuestión sea afirmativa. Antes, más bien, todo lo contrario.

Vamos a ilustrarlo mediante un ejemplo, el de la excelente recreación de la histórica humanidad narrada por Gabriel García Márquez. Nos cuenta el genial García Márquez que los macondinos sienten nostalgia de lo mágico, de aquello que les resulta tan increíble que merece ser rememorado una y otra vez. Por ese instinto tan primigenio, tan humano, rechazan el progreso. Prefieren arraigarse a las esteras voladoras de los gitanos que los visitaban al principio de su fundación, aunque el tiempo de los gitanos ya no es otra cosa que tiempo  enquistado, sublimado y, como tal, finito.

Los macondinos se siguen vanagloriando de sus alfombras voladoras de mil y una noches, las de sus cien años desgraciadamente solitarios.

Sin embargo, lo que creen los macondinos poco importa. El progreso avanza. Progresa. Lo que conciben incluso como un retroceso, arranca.

Mr. Herbert abandona Macondo en el próximo tren. Se va para siempre con sus globos cautivos, los que nunca habían conseguido elevar a nadie en Macondo.

Sabe lo difícil que resulta elevar a alguien cuando éste se empeña en no soltar lastre.

Mr. Herbert se va con sus globos a otra parte. Antes de irse, caza mariposas con una malla. Son las únicas que vuelan en Macondo. Y la vida continúa para los macondinos. Se lleva sus globos lejos, muy lejos y los hincha hasta que alguien vislumbra sus intenciones.

Olivia Radop

Septiembre de 2009



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