Archive for the “Literatura” Category

Discusión acerca de la dilatación del tiempo, la contracción de Lorentz y del  conocido ejemplo de Einstein acerca de los rayos sobre las vías del tren en The new Lorentz’s Transformations (III):

http://vixra.org/abs/0910.0033

 

 

Gabriel García Márquez

Hoy es lunes también…

Y resulta que fue un buen lunes cuando el tiempo se detuvo para José Arcadio Buendía. “El tiempo”, tanto el lineal como el circular se agotó un lunes de mañana y el patriarca de los Buendía se quedó atrapado, literalmente, en ese tiempo, que no es otro que el de la soledad.

Pero, les propongo algo: ¿qué les parece si de ponto reflexionamos sobre la naturaleza del tiempo?

Vamos allá:

-¿Qué es eso que llamamos tiempo?

-¿Podemos considerar que el parámetro tiempo equivale al tiempo de verdad?

-¿Puede vaciarse el tiempo?

-¿Es posible detener el tiempo?

Vayamos por partes. Para responder a estas preguntas pseudoretóricas me he leído con detenimiento algunas de las ideas expresadas por Xavier Terri Castañé en el capítulo de las Notas propedeúticas de su Tractatus Physico Philosophicus.

José Arcadio Buendía pretende crear una perfecta máquina del tiempo y casi lo consigue: conecta una bailarina de cuerda al mecanismo de un reloj y ésta no para de bailar al compás durante tres días. Dicha circunstancia lo conducirá a su último delirio. Lo cierto es que, a pesar de que ha conseguido controlar el tiempo a partir de su conexión con el movimiento, se da cuenta de que el parámetro tiempo no es “el” tiempo. Cuando Pietro Crespi le pregunta por su máquina de péndulo, la que permitiría que la humanidad volase, José Arcadio Buendía revela una chispa de conducta lúcida y le responde que el péndulo puede elevar cualquier cosa, excepto a sí mismo.

Con el “tiempo” ocurre algo parecido, ya que no es un péndulo que oscile y en su oscilación arrastre un origen absoluto del tiempo. Un péndulo de verdad no puede levantarse solo. Tampoco el tiempo de verdad puede engendrarse o devorarse a sí mismo.

A José Arcadio Buendía  el tiempo se le vació un lunes lejano, pues se dio cuenta de que se le aproximaba la muerte real: el olvido.

Puesto que no acepta la aniquilación de la memoria, recurre a detener el tiempo, pese a que sabe que éste es irrefrenable. El tiempo es un caballo desbocado amarrado a un lunes y descompuesto. Así pues, su máquina del tiempo se ha desmoronado para siempre.

Después de eso, tan solo le queda escrutar la realidad para percibir los cambios que opera en ella el transcurso del tiempo. Porque el tiempo fluye en su propia naturaleza temporal.

“El” tiempo es una “cosa” . “El” tiempo es una “idea”, afirma Xavier Terri porque “todo lo que cambia presupone lo que jamás cambia”.

La apariencia de la naturaleza invariable conmueve y perturba de tal modo a José Arcadio Buendía que lo conduce a un estado alienante de excitación que lo obliga, en un ataque de furia, a “tomarse el tiempo por su mano”, a intentar modificar lo inmodificable. Se olvida, por un instante de que “aun el más límpido estanque tan solo refleja la verdadera realidad cambiante, cuando sus aguas reposan en absoluta quietud”. Se aleja de su sabiduría, la que le llevó a observar que lo cambiante presupone lo “no cambiante”. Se olvida de lo aparente.

Su ira lo arrastra a buscar los “cambios evidentes” que lo hagan retornar del “tiempo vacío”, “muerto”.

Entre diez hombres lo reducen. Catorce lo amarran, sin poder evitar que aúlle en una lengua extraña y arroje verdes espumarajos por la boca.

José Arcadio Buendía se olvida, por un instante, de que el tiempo es él. Todavía no ha descubierto la “eterna quietud”, “la absoluta inmutabilidad de su ser”.

Encerrado, por fin, en un cobertizo de palma.

Olivia Radop, noviembre de 2009

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Paradoja y contradicción de los gemelos de Einstein:

http://www.bubok.com/libros/10519/la-paradoja-de-los-gemelos-de-la-teoria-de-la-relatividad-de-einstein

 

Sobre el tiempo se pueden hacer muchas suposiciones, hipótesis y hasta “acertadísimas teorías” físicas, filosóficas o físicofilosóficas. La percepción del tiempo también está presente en la literatura, en la narración del tiempo interno del relato.

García Márquez parte, en su mejor novela de la premisa de un tiempo circular. En ocasiones, dicha circularidad lo convierte en estancado.

Os presento un fragmento en el que el tiempo se estanca en un lunes, para siempre y atrapa a José Arcadio Buendía hasta arrastrarlo a la soledad y al olvido. La reflexión es inevitable.

José Arcadio Buendía consiguió por fin lo que buscaba: conectó a una bailarina de cuerda el mecanismo del reloj, y el juguete bailó sin interrupción al compás de su propia música durante tres días. Aquel hallazgo lo excitó mucho más que cualquiera de sus empresas descabelladas. No volvió a comer. No volvió a dormir. Sin la vigilancia y los cuidados de Úrsula se dejó arrastrar por su imaginación hacia un estado de delirio perpetuo del cual no se volvería a recuperar. Pasaba las noches dando vueltas en el cuarto, pensando en voz alta, buscando la manera de aplicar los principios del péndulo a las carretas de bueyes, a las rejas del arado, a toda la que fuera útil puesto en movimiento. Lo fatigó tanto la fiebre del insomnio, que una madrugada no pudo reconocer al anciano de cabeza blanca y ademanes inciertos que entró en su dormitorio. Era Prudencio Aguilar. Cuando por fin lo identificó, asombrado de que también envejecieran los muertos, José Arcadio Buendía se sintió sacudido por la nostalgia. «Prudencio -exclamó-, ¡cómo has venido a parar tan lejos!» Después de muchos años de muerte, era tan intensa la añoranza de las vivos, tan apremiante la necesidad de compañía, tan aterradora la proximidad de la otra muerte que existía dentro de la muerte, que Prudencio Aguilar había terminado por querer al peor de sus enemigas. Tenía mucho tiempo de estar buscándolo. Les preguntaba por él a los muertos de Riohacha, a los muertos que llegaban del Valle de Upar, a los que llegaban de la ciénaga, y nadie le daba razón, porque Macondo fue un pueblo desconocido para los muertos hasta que llegó Melquíades y lo señaló con un puntito negro en las abigarrados mapas de la muerte. José Arcadio Buendía conversó con Prudencio Aguilar hasta el amanecer. Pocas horas después, estragado par la vigilia, entró al taller de Aureliano y le preguntó: «¿Qué día es hoy?» Aureliano le contestó que era martes. «Eso mismo pensaba ya -dijo José Arcadio Buendía-. Pera de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes. » Acostumbrada a sus manías, Aureliano no le hizo caso. Al día siguiente, miércoles, José Arcadio Buendía volvió al taller. «Esta es un desastre -dijo-. Mira el aire, oye el zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes.» Esa noche, Pietro Crespi lo encontró en el corredor, llorando con el llantito sin gracia de los viejos, llorando par Prudencio Aguilar, por Melquíades, por los padres de Rebeca, por su papá y su mamá, por todos los que podía recordar y que entonces estaban solos en la muerte. Le regaló un aso de cuerda que caminaba en das patas por un alambre, pero no consiguió distraerla de su obsesión. Le preguntó qué había pasado con el proyecto que le expuso días antes, sobre la posibilidad de construir una máquina de péndulo que le sirviera al hombre para volar, y él contestó que era imposible porque el péndulo podía levantar cualquier cosa en el aire pero no podía levantarse a sí mismo. El jueves volvió a aparecer en el taller con un doloroso aspecto de tierra arrasada. «¡La máquina del tiempo se ha descompuesto -casi sollozó- y Úrsula y Amaranta tan lejos!» Aureliano lo reprendió coma a un niño y él adaptó un aire sumiso. Pasó seis horas examinando las cosas, tratando de encontrar una diferencia con el aspecto que tuvieron el día anterior, pendiente de descubrir en ellas algún cambio que revelara el transcurso del tiempo. Estuvo toda la noche en la cama con los ojos abiertas, llamando a Prudencio Aguilar, a Melquíades, a todos los muertos, para que fueran a compartir su desazón. Pero nadie acudió. El viernes, antes de que se levantara nadie, volvió a vigilar la apariencia de la naturaleza, hasta que no tuvo la menor duda de que seguía siendo lunes. Entonces agarró la tranca de una puerta y con la violencia salvaje de su fuerza descomunal destrozó hasta convertirlos en polvo los aparatos de alquimia, el gabinete de daguerrotipia, el taller de orfebrería, gritando como un endemoniado en un idioma altisonante y fluido pero completamente incomprensible. Se disponía a terminar con el resto de la casa cuando Aureliano pidió ayuda a los vecinos. Se necesitaron diez hombres para tumbarla, catorce para amarrarla, veinte para arrastrarlo hasta el castaño del patio, donde la dejaron atado, ladrando en lengua extraña y echando espumarajos verdes por la baca. Cuando llegaron Úrsula y Amaranta todavía estaba atado de pies y manos al tronco del castaño, empapada de lluvia y en un estado de inocencia total. Le hablaran, y él las miró sin reconocerlas y les dijo alga incomprensible. Úrsula le soltó las muñecas y los tobillos, ulceradas por la presión de las sagas, y lo dejó amarrado solamente por la cintura. Más tarde le construyeron un cobertizo de palma para protegerlo del sol y la lluvia.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad

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Os propongo la lectura de este fragmento de Cien años de soledad, del genial escritor Gabriel García Márquez. A continuación os recomiendo la lectura del texto Las esteras voladoras de los gitanos, de mi colaboradora Olivia Radop. En dicho fragmento se describe un extraño personaje para los macondinos. Rechoncho y agradable, de buen carácter.  Sabio y distraido, aparece y desaparece de Macondo como una mariposa voladora.

Desde que el ferrocarril fue inaugurado oficialmente y empezó a llegar con regularidad los miércoles a las once, y se construyó la primitiva estación de madera con un escritorio, el teléfono y una ventanilla para vender los pasajes, se vieron por las calles de Macondo hombres y mujeres que fingían actitudes comunes y corrientes, pero que en realidad parecían gente de circo. En un pueblo escaldado por el escarmiento de los gitanos no había un buen porvenir para aquellos equilibristas del comercio ambulante que con igual desparpajo ofrecían una olla pitadora que un régimen de vida para la salvación del alma al séptimo día; pero entre los que se dejaban convencer por cansancio y los incautos de siempre, obtenían estupendos beneficios. Entre esas criaturas de farándula, con pantalones de montar y polainas, sombrero de corcho, espejuelos con armaduras de acero, ojos de topacio y pellejo de gallo fino, uno de tantos miércoles llegó a Macondo y almorzó en la casa el rechoncho y sonriente míster Herbert.

Nadie lo distinguió en la mesa mientras no se comió el primer racimo de bananos. Aureliano Segundo lo había encontrado por casualidad, protestando en español trabajoso porque no había un cuarto libre en el Hotel de Jacob, y como lo hacía con frecuencia con muchos forasteros se lo llevó a la casa. Tenía un negocio de globos cautivos, que había llevado por medio mundo con excelentes ganancias, pero no había conseguido elevar a nadie en Macondo porque consideraban ese invento como un retroceso, después de haber visto y probado las esteras voladoras de los gitanos. Se iba, pues, en el próximo tren. Cuando llevaron a la mesa el atigrado racimo de banano que solían colgar en el comedor durante el almuerzo, arrancó la primera fruta sin mucho entusiasmo. Pero siguió comiendo mientras hablaba, saboreando, masticando, más bien con distracción de sabio que con deleite de buen comedor, y al terminar el primer racimo suplicó que le llevaran otro. Entonces sacó de la caja de herramientas que siempre llevaba consigo un pequeño estuche de aparatos ópticos. Con la incrédula atención de un comprador de diamantes examinó meticulosamente un banano seccionando sus partes con un estilete especial, pesándolas en un granatorio de farmacéutico y calculando su envergadura con un calibrador de armero. Luego sacó de la caja una serie de instrumentos con los cuales midió la temperatura, el grado de humedad de la atmósfera y la intensidad de la luz. Fue una ceremonia tan intrigante, que nadie comió tranquilo esperando que míster Herbert emitiera por fin un juicio revelador, pero no dijo nada que permitiera vislumbrar sus intenciones.

En los días siguientes se le vio con una malla y una canastilla cazando mariposas en los alrededores del pueblo. El miércoles llegó un grupo de ingenieros, agrónomos, hidrólogos, topógrafos y agrimensores que durante varias semanas exploraron los mismos lugares donde míster Herbert cazaba mariposas.

Gabriel García Márquez (1967)

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La humanidad entera es reacia al cambio. El cambio implica transformación, pero no en el sentido estricto de metamorfosis.

Cambio es sustantivo derivado de cambiare, del latín tardío, ‘trocar’, de origen céltico. Parece que es préstamo del galo, que penetró en latín en el sentido comercial de trocar. Como tantas palabras, en su origen hace alusión a un principio básico materialista, que tiene que ver con la supervivencia de la especie. Se nos antoja pues un concepto “necesario”.

De modo que en su prístino origen el cambio se percibió como algo útil e imprescindible. Tan importante que sin trueque nuestros antecesores estarían condenados a las carencias físicas y, por ende, espirituales; a las peores calamidades imaginables, como la miseria, el rechazo social o incluso, en su fatídico extremo, a la muerte.

Así que resultaba muy conveniente asumirlo. Cambiar implicaba transformarse.

Cuando se llega a asumir una transformación se produce el avance. Cualquier avance significa evolución, aprendizaje. Y solo cuando se evoluciona, se prepara el campo abonado para lo que los humanos hemos consentido en llamar, convencionalmente, progreso.

Pero, ¿por qué mostrarse tan esquivos al cambio, si todo cuanto el cambio contiene posee matices de carácter positivo?

Reflexionemos… La maraña de razones es inmensa.

Rechazamos el cambio por: temor (a lo desconocido y lo novedoso, ya que ambos van de la mano); por prejuicios (si lo que poseo ahora es “real” aunque incierto, para qué buscar más allá); por apego (materialista o sentimental, y en el fondo más lo primero que lo último); por pereza (sobran las palabras); por orgullo (¿Cambiar, yo? Si soy perfecto…); por soberbia (¡No me da la gana de cambiar. Que cambien los demás!); por maldad (cuántas dictaduras…); por “voluntad de poder”, y aquí, nuestra verdad, por falsa que la sepamos se impone siempre manipulando, asfixiando, aniquilando la voluntad del otro, los otros: el ajeno (”alienum”).

¿Y podríamos añadir que rechazando el cambio nos alejamos del progreso?

No parece que la respuesta correcta a esta cuestión sea afirmativa. Antes, más bien, todo lo contrario.

Vamos a ilustrarlo mediante un ejemplo, el de la excelente recreación de la histórica humanidad narrada por Gabriel García Márquez. Nos cuenta el genial García Márquez que los macondinos sienten nostalgia de lo mágico, de aquello que les resulta tan increíble que merece ser rememorado una y otra vez. Por ese instinto tan primigenio, tan humano, rechazan el progreso. Prefieren arraigarse a las esteras voladoras de los gitanos que los visitaban al principio de su fundación, aunque el tiempo de los gitanos ya no es otra cosa que tiempo  enquistado, sublimado y, como tal, finito.

Los macondinos se siguen vanagloriando de sus alfombras voladoras de mil y una noches, las de sus cien años desgraciadamente solitarios.

Sin embargo, lo que creen los macondinos poco importa. El progreso avanza. Progresa. Lo que conciben incluso como un retroceso, arranca.

Mr. Herbert abandona Macondo en el próximo tren. Se va para siempre con sus globos cautivos, los que nunca habían conseguido elevar a nadie en Macondo.

Sabe lo difícil que resulta elevar a alguien cuando éste se empeña en no soltar lastre.

Mr. Herbert se va con sus globos a otra parte. Antes de irse, caza mariposas con una malla. Son las únicas que vuelan en Macondo. Y la vida continúa para los macondinos. Se lleva sus globos lejos, muy lejos y los hincha hasta que alguien vislumbra sus intenciones.

Olivia Radop

Septiembre de 2009

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 Sempre caro mi fu quest’ermo colle,
e questa siepe, che da tanta parte
dell’ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e mirando, interminati
spazi di là da quella, e sovrumani
silenzi, e profondissima quïete
io nel pensier mi fingo, ove per poco
il cor non si spaura. E come il vento
odo stormir tra queste piante, io quello
infinito silenzio a questa voce
vo comparando: e mi sovvien l’eterno,
e le morte stagioni, e la presente
e viva, e il suon di lei. Così tra questa
immensità s’annega il pensier mio:
e il naufragar m’è dolce in questo mare.
  Amé siempre esta colina,
y el cerco que me impide ver
más allá del horizonte.
Mirando a lo lejos los espacios ilimitados,
los sobrehumanos silencios y su profunda quietud,
me encuentro con mis pensamientos,
y mi corazón no se asusta.
Escucho los silbidos del viento sobre los campos,
y en medio del infinito silencio tanteo mi voz:
me subyuga lo eterno, las estaciones muertas,
la realidad presente y todos sus sonidos.
Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
y naufrago dulcemente en este mar.

Versión de Carlos López S.

 Texto procedente de “Letteratura italiana: testi e critica con lineamenti di storia letteraria“, vol. 3, di Mario Pazzaglia. Ed. Zanichelli
Primera edición, marzo 1979.

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